Los tenis verdes de María Paula Sánchez Valencia, de Ituango, y una lección que va más allá de la cancha


Al borde de la cancha de baloncesto estaba Antonella, de siete años, con el mismo número que su hermana portaba en la espalda. Desde ahí gritaba lo único que había que gritar, una y otra vez, sin cansarse:

—“¡Pau, Pau, vamos!”.

A su lado estaban sus papás, quienes viajan siempre con ella desde Ituango, Norte de Antioquia. Dos camisetas con el número 20. El otro 20, el que corría por la cancha, era María Paula Sánchez Valencia.

El último partido fue contra Itagüí y estuvo a punto de ser el bueno. En el cuarto final, cuando ya quedaba poco en el reloj, Ituango ganaba por cinco puntos. Terminó 23-21, pero en contra.

Fue el tercer partido y la tercera derrota del equipo en la final departamental de los Juegos Intercolegiados 2026 – “Generación de Campeones” en Girardota. Un rato después, ya sin lágrimas, María Paula habló de esa derrota con una serenidad que sorprendía.

“Uno en la derrota aprende a mejorar aquellas cosas que no hicimos en el partido para lograr ese triunfo”, expresó. “Esto nos lleva a mejorar cada día más y nos enseña que en cada partido, así perdamos o ganemos, siempre va a haber una enseñanza”, agregó.

No era una frase armada para la cámara. La sostuvo después, cuando se le preguntó qué les diría a sus compañeras: “que son unas jugadoras excelentes… Que esta derrota siempre nos va a enseñar algo. Uno tiene que aprender a ganar y a perder. Cuando se gana, excelente, avanzamos, pero si perdemos tenemos que ver el lado bueno de las cosas”.

Una pasión que comenzó entre nervios y mariposas

María Paula tenía 14 años, cursaba noveno grado en la Institución Educativa Pedro Nel Ospina y llevaba tres años jugando baloncesto. Del deporte no hablaba como de un pasatiempo, sino como de algo que había transformado su vida.

“Es una pasión que me ha llevado a lograr cosas muy grandes, que me ha enseñado muchas cosas como el trabajo en equipo, aprender a comunicarnos entre chicas, entre personas”, contó.

Y lo remató con una frase que entró limpia, como un triple sobre la chicharra: “es algo que me ha cambiado la vida para siempre”.

No siempre fue tan fácil. De su primera vez en una cancha se acordaba con precisión: “sentí muchos escalofríos porque estar en una cancha no es fácil. Todo el mundo cree que eso es entrar y jugar y ya, pero se sienten mariposas en el estómago”.

Los tenis verdes que también cuentan una historia

Hubo algo más que llamó la atención en esa cancha, además del orden con que jugaba: unos tenis verdes, imposibles de no ver.

“Me encantan”, dijo, y explicó el motivo sin que se lo pidieran: “a mí me gustan las cosas llamativas porque yo siento que soy una jugadora y una persona que es diferente. Yo siento que soy especial, tanto yo como mis tenis”.

Se le preguntó por qué. Y ahí apareció la frase más honda de toda la conversación, dicha, además, el día en que había perdido los tres partidos: “a mí me enseñaron a que soy única. Yo antes pensaba que no servía para nada, que había muchas personas como yo, pero aprendí que en la vida yo soy una sola. No hay nadie más como yo y tengo que amarme tal y como soy”.

Más que unos tenis verdes, llevaba consigo una manera de entender quién es y lo que puede llegar a ser.

Una familia que siempre está en la cancha

De sus papás habló con gratitud y emoción. “siempre me han apoyado en todo. Desde que les dije que quería entrenar siempre me han dicho que sí, viajan conmigo y nunca me han dejado sola. Ellos son los mejores papás que uno puede tener en la vida”, expresó.

Eran los mismos que estaban al borde de la placa, junto a Antonella, acompañándola en un partido que terminó en derrota, pero que seguramente también quedará entre los recuerdos importantes de la familia.

Y sobre el hecho de estar ahí, tan lejos de casa, representando a su municipio y a su institución educativa, dijo algo que conviene leer dos veces: “que a uno lo pongan a representar al municipio y al colegio es una virtud muy grande, cosa que muchos de nuestros ciudadanos del municipio de Ituango no pudieron hacer”.

Para María Paula, vestir esa camiseta no era solamente jugar baloncesto. Era llevar consigo el nombre de Ituango y el de su colegio.

Un sueño que va más allá de la cancha

Sus metas estaban ordenadas y tenían nombre propio: “mi sueño es llegar muy lejos. Yo quiero estudiar en una universidad… y si puedo, estar en una selección Antioquia o Colombia”.

La carrera también la tenía elegida: Ingeniería de Sistemas.

“Me parece una profesión muy interesante y quiero lograrla por medio del deporte, que es lo que más me apasiona”, comentó.

En su proyecto de vida caben entonces dos mundos que para ella no compiten: el deporte que la apasiona y la profesión que quiere construir.

Lo que no queda en ninguna planilla de juego es la otra escena: una niña de siete años con la camiseta número 20 puesta, gritando “¡Pau, Pau, vamos!”; unos papás orgullosos al borde de la cancha, unos tenis verdes que se hicieron notar y María Paula regresando a casa con algo que no aparece en el marcador: experiencias para la vida.

Por Andrés Esteban Marín Marín – Indeportes Antioquia.

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