De la humildad a la prepotencia, la memoria no debería tener fecha de vencimiento


Cuando aún son desconocidos, hacen fila para una fotografía, una entrevista o un reconocimiento de la prensa. Pero cuando el éxito cruza las fronteras y llegan los triunfos, muchos olvidan a quienes estuvieron allí desde el principio, cuando nadie sabía que existían.

Luego de un certamen ecuménico (llámese la disciplina que sea), solo uno es el que se lleva los laureles, los otros no pasan de ser participantes, unos más tienen logros menores que, aunque les dan algo de figuración, no son lo suficiente justificables para volverse intocables y no reconocer que, para llegar allí, hubo mucha gente detrás que los empujaron de alguna u otra manera.

Hay historias que se repiten una y otra vez en el deporte. Cuando apenas son niños o dan sus primeros pasos, muchos deportistas se muestran sencillos, cercanos y agradecidos. Atienden con una sonrisa a los periodistas, conceden entrevistas sin reparos y valoran cada fotografía, cada nota y cada espacio que les ayuda a darse a conocer.

Con el paso del tiempo llegan los triunfos. Aparecen los títulos, los contratos, el reconocimiento nacional e incluso internacional. Y eso es motivo de orgullo, porque el éxito es el premio al esfuerzo, la disciplina y el sacrificio.

Sin embargo, algunos olvidan el camino recorrido. Se les olvida quiénes estuvieron cuando nadie los conocía, quiénes los acompañaron desde las canchas de barrio, los torneos aficionados o las categorías menores. Se les olvida que hubo medios de comunicación pequeños, periodistas independientes y fotógrafos que creyeron en ellos cuando todavía eran una promesa.

El reconocimiento jamás debería ser sinónimo de soberbia. La grandeza de un deportista no solo se mide por los trofeos que levanta, sino también por la humildad con la que trata a quienes hicieron parte de su historia. Porque el verdadero campeón nunca pierde la capacidad de saludar, agradecer y recordar sus raíces.

Quien olvida de dónde salió, tarde o temprano también olvida hacia dónde debe ir. La fama es pasajera, los títulos pueden terminar en una vitrina, pero la calidad humana permanece para siempre en la memoria de quienes compartieron el inicio del camino.

Ser humilde cuando no se tiene nada es una virtud; seguir siendo humilde cuando se ha conseguido todo, es lo que realmente distingue a los grandes. Porque el éxito abre puertas, pero es la gratitud la que deja una huella imborrable.

Pasan los años y cuando ya los pequeños logros quedaron en la historia, y la cotidianidad los deja casi invisibles, pasan a ser normalitos y la gente a su alrededor, escasamente se acuerda que alguna vez lograron una medalla.

Algunos logran traspasar fronteras, se les mejora la vida económicamente, ya solucionan su vida y la de su familia para el resto de sus años, pero nunca miran para abajo y se les pierde de vista ese club de donde salieron y que al menos merecería un uniforme para uno de los más necesitados.

Así es, La memoria es la riqueza del corazón. Quien atesora sus recuerdos y agradece a quienes le tendieron la mano en los momentos más difíciles, jamás serán pobres de espíritu. Porque el verdadero éxito no consiste solo en llegar a la cima, sino en mirar hacia atrás sin olvidar el camino recorrido ni a quienes caminaron a su lado.

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