La voz de humo del tano Pagliaro

Por Reinaldo Spitaletta

Su papá le dijo, cuando llegó a Argentina, que cantara con acento para que tuviera atracción, que por esas tierras gustaban bastante de los extranjeros. Tal vez, su progenitor estaba anticipando las palabras de Moustaki y su poema cantábile, El extranjero, que habla de tener una facha de judío errante, de pastor griego, de embaucador y de feriante y con los cabellos al azar.

Al cantor lo conocí en la agonía de los noventas, cuando era una “estrella” de la canción social, de los poemas recitados con fondo musical y cuando ya había pasado el boom latinoamericano de la protesta cantada, pero él continuaba con su barba como en los días en que, lucirla, era una suerte de distinción revolucionaria. Ya era célebre con sus musicalizaciones de poemas de Neruda y su voz ronca y sin esfuerzos. Y supe de su amistad y de su carácter de italiano-argentino que no tragaba entero.

Alguna vez me contó lo que significaba ser napolitano, ser de una ciudad antigua, amante de la libertad y en la que siempre hubo (y hay) una consigna: “Ué, ca nisciuno é fesso”  (que es como decir, a lo paisa, “donde nadie es güevón”). La frase se la repitieron a todos los que querían someter la ciudad, a los ostrogodos, a los bizantinos, a los normandos, a los alemanes, a los norteamericanos. Y también a los romanos del antiguo imperio.

“Nací en Nápoles en donde todo lo que parece no es y todo lo que es desaparece… La ciudad convertida en burdel por los aliados en la última guerra mundial. Seducida, violada pero jamás poseída por nadie. La ciudad del golfo más lindo del mundo, la tierra del sol, de la pizza alla Margherita, (tomate, muzzarella,  albahaca  y aceite de oliva en honor a la reina),  donde todas las palabras, dulces o amargas, son palabras de amor”.

Gian Franco Pagliaro, que de él se trata, el que apareció con Carlos Monzón en una película de Leonardo Favio (Soñar, soñar, 1976) y les cantó a los hombres libres y a los que ansiaban conquistar la libertad, se murió el 27 de marzo de 2012, en Buenos Aires. Tras su deceso, escribí una breve nota para lamentarlo. O, en otras palabras, para celebrar su vida al servicio de la canción y la poesía. La titulé Adiós al Tano Pagliaro (que era un gomía), y es la que aquí trascribo:

En estos tiempos de arribismos y ordinarieces de narcotraficantes; en estos días de sequedades mentales y pornografía a la carta; digo que en estas calendas de vulgaridad y negocios ramplones, los juglares, especie en extinción, son seres extraños y necesarios. Lo era, por ejemplo, el tano Pagliaro, al que se la paró el corazón tal vez de tanto usarlo en canciones, o quizá por haber “mandado a la mierda”, hace rato, a fascistas e izquierdistas o por haberse metido en líos al decir que los caminos de la libertad están llenos de esclavos (y de esclavistas, le agregaría).

En medio de tantas miserias, para los que conservan su capacidad de reflexión y crítica, para los que no tragan entero y sueñan aún en utopías y futuros de gloria para el hombre, los juglares, los poetas, los cantores, son imprescindibles para recordar la condición humana, las contradicciones sociales y las intrínsecas del ser, y para mantener vivo, ¿por qué no?, aquello que llaman la esperanza, sobre todo en tiempos de desamparos e inequidades.

Gian Franco Pagliaro, el de la voz ronca de cigarrillo (había dejado de fumar en 2007), el de la voz de asfalto, como una garganta con arena (así dirían del polaco Roberto Goyeneche), era, en esencia, un juglar. Cantaba para pocos, sin masificaciones ni chabacanerías. A él no se le podría asociar con el símbolo capitalista del “éxito” comercial. Tenía esa voz de canzonetta tristona que hablaba de mares remotos y naufragios de amor. O de un abrazo a una muchacha frente al golfo de Sorrento, como en el Caruso de Lucio Dalla.

Era una suerte de anarquista contemporáneo —en desuso—, siempre en lucha por la libertad (Yo te nombro libertad fue uno de sus piezas célebres en los setenta, con reminiscencias de Paul Eluard), por la intimidad y dignidad humanas. Era un trovador (término también en desuso) del amor y de lo contestatario, dos asuntos que, bien mirados, se complementan. Al amor sí que le cantó, sin cursilerías ni demagogias. Lo hizo de amores contrariados, de amores retardados, de amores a primera vista y de amores entre los cuales jamás se ha pronunciado un “te quiero”.

Como todos los napolitanos, Pagliaro nació cantando. Su padre, agente textil, quería que fuera arquitecto, pero al joven Gian Franco (Carlo era su nombre de pila), le gustaban las letras y la filosofía. Cuando a los dieciséis años llegó con su valija de inmigrante al barrio Caballito, de Buenos Aires, le dijeron en la barra que tenía buena voz. Y un productor (siempre hay un Colón de todas las cosas) le aconsejó que cantara en castellano con acento italiano. Y así comenzó su camino —que sigue abierto—  por las protestas y las irreverencias. Apareció en listas negras en los negros años de la dictadura argentina. “Soy un bocón compulsivo, con pasaporte italiano”, dijo alguna vez el cantante que memoró a los desaparecidos con su canción a Verónica.

Pagliaro cantó contra la intolerancia y la represión y cuestionó no sólo a la derecha sino a la izquierda. En la Balada del boludo (letra de Isidoro Blaisten)  recomendaba no dar la espalda al llanto ni comprar “ningún tílburi en desuso”.

En septiembre de 2011, en una veloz visita que hizo a Medellín, lo invitamos al Centro de Historia de Bello, donde nos contó (y cantó) de su vida y obra. Y de sus raíces poéticas que se hunden (o hundían) en Ungaretti, Quasimodo, Montale, Leopardi, pero también en Guillén y Neruda y Vallejo. “Fernando Pessoa —según me dijo una vez— me abrió el corazón y la cabeza”.

Pudo haber sido el último romántico de una generación, pero, a su vez, el último de los cantores irreverentes de un mundo que se idiotiza con la robotización, el facilismo y la uniformidad de los discursos. Era dueño de sus dudas y un vendedor de jardines y arco iris: “vendo semillas y otras esencias que hacen milagros en la conciencia”.

Gian Franco Pagliaro, que también tenía el corazón mirando al sur, se fue a los setenta años a encontrarse con la luz. O con Jacques Brel y Georges Brassens, de los que aprendió palabras y actitudes. Se fue el juglar que supo, con Pessoa, que el poeta es un fingidor, “que llega a fingir el dolor, el dolor que en verdad se siente”.

Recuerdo otra vez sus palabras referidas a su patria chica, que, según él, le dio una voz quebrada por lontananzas y melancolías, y le permitió sobrevivir a los “quilombos de la postergación”: “cómo iba a ser distinto yo y dónde podría vivir, lejos de Nápoles, si no es en esta porteña y napolitana ciudad de Buenos Aires, donde además, en el 71, conocí  la poesía…, a Pablo Neruda y me enamoré de una señorita llamada Libertad”.

Por: Por Reinaldo Spitaletta

Publicado el: 2016-09-18

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